ENCUENTROS CON EL VINO I

Al fin y al cabo hacer vino es un arte, al menos hacer un buen vino. Por eso el equipo que formamos el proyecto de bodegas marta maté hemos desarrollado un gusto por lo exquisito y nos gusta acompañarnos por personas que comparten la misma pasión.

La literatura también forma parte de nuestro menú y, en esta ocasión, nuestra querida amiga Elia Salinero nos regala este pequeño relato que ha conseguido emocionarnos. Deseamos que os guste.

 

Había sido un largo y terrible día. Las esperanzas depositadas en el proyecto, las innumerables horas frente al ordenador, las interminables noches sin dormir trabajando en él, habían quedado en nada. Muchas gracias por participar, pero no es lo que buscamos. Así, sin más. Sin haberse detenido a pensar en el titánico esfuerzo que para un joven arquitecto suponía haberse presentado a un concurso de esas características. Muchas gracias, ¡y hasta nunca!

Arrastrando mi portátil y la maqueta que había llevado a la presentación, entré el en primer bar que vi abierto. Apenas eran las doce y media del mediodía y aunque mi cuerpo pedía alcohol en vena, la clientela del local, unas cuantas madres tomando un tardío café con leche esperando la salida del colegio y algunos jubilados disfrutando de un temprano aperitivo, no me animaba a pedir una bebida demasiado fuerte. Me acomodé en la barra, con el portátil a mis pies y la maqueta sobre la banqueta más próxima.

-Buenos días, ¿qué va a ser?-preguntó un anodino camarero acercándose a mí.

-Buenos días. No sé. Un vino, quizá.

-Un vino. ¿Y qué clase de vino quiere el señor?-preguntó de nuevo, sin mucho interés.

-Uno cualquiera, me da igual-lo único que quería era que me diera la bebida y que me dejara tomarla en paz y calmar así mi enfado y mi frustración.

El camarero despareció de mi vista y al cabo de un minuto volvió con una copa y una verdosa botella de vino tinto sin etiqueta. Sirvió el vino en la copa, me lo acercó y se marchó hacia el lado opuesto de la barra.

Di un largo trago y sentí enseguida como mi garganta y mi estómago se calentaban con el alcohol. Pero sentí algo más. Sentí sol, sentí vida, sentí pasión, sentí amor. Miré atónito la copa medio llena que tenía en la mano. ¿Qué era aquello?

-¿Te gusta el vino?-preguntó una potente y grave voz a mi izquierda.

Me volví para encontrarme frente a un macizo hombre de mediana edad. Una frente ancha, coronada con una espesa mata gris, bajo la que un par de inquietos ojos castaños me sonreían a la vez que lo hacía su boca y el resto de su cara.

-Pues sí. Está muy bueno-dije sin saber muy bien por qué.

-Lo he hecho yo. Se llama Candela, como mi esposa. Murió el año pasado, de cáncer.

-Lo lamento-contesté por decir algo, porque nunca sé que decir en estos casos y menos aun cuando no conozco a la persona.

-Así es la vida- dijo encogiéndose de hombros con serena actitud- ¿Qué te ha parecido el vino entonces?

-Pues me ha gustado, pero no sabría decirle por qué. No entiendo de vinos.

-¿Y de qué entiendes tú, chaval?

-De arquitectura-respondí, algo molesto por lo de chaval, señalando con la cabeza la maqueta que estaba en la banqueta a mi derecha -aunque me temo que ni siquiera de eso entiendo mucho. Han rechazado mi proyecto.

-Ya-dijo el hombre- ¿Has presentado muchos proyectos?

-No-respondí -Era la primera vez que me presentaba a un concurso. Terminé el año pasado el proyecto fin de carrera. Mi tutor dijo que era un arquitecto muy prometedor.

-Y estoy seguro de que lo eres. ¿Sabes cuánto tiempo llevo cuidando mis viñas y haciendo vino?-preguntó sin esperar respuesta- Más de treinta. Cada año, cada cosecha, intento sacar lo mejor de la tierra y hacer con las uvas que he recogido, el mejor de los vinos. Unas veces lo consigo, otras no. Pero al año siguiente, lo vuelvo a intentar.

Sentí como un plomo mi estupidez y mi inexperiencia. Era tan sólo mi primer proyecto y ese concurso, el primero al que me presentaba. Le di otro trago al vino, esta vez para quitarme el sabor a banal. Ese trago me supo a fruta y a flores, a nuevo y a centenario, a chocolate y a los besos de Ana, mi primer amor.

-Bueno, entonces ¿qué te parece el vino?

-Creo-dije con sinceridad-que es el mejor que he bebido nunca.

Elia Salinero Ontoso